
Nació
en el pueblo de Campo Florido, en el barrio de Cantarrana. Delgada, rubia y de
ojos azul cielo. Los que la conocieron de joven, dicen que era popular y
amistosa con todos. Cuentan que en los bailes era la primera en llenar la
libretita donde los caballeros pedían ser honrados con una pieza. Inclusive, visitaba
la sociedad de los negros donde era aceptada por sus amigas negras como una más.
De mente ágil y sonrisa abierta, era
dada a memorizar poesías populares, como la del famoso asesinato de Mito, el
novio de Mariana, muerto a cuchilladas por un hombre celoso y brutal.
Famosa también por haber sido la primera mujer
en manejar un automóvil en Campo Florido. El general Rego, ya anciano, había comprado
un Ford (fotingo) y ella presta sirvió de conductora con apenas 16 años. Dicen que paseaba a todos los muchachos de la
barriada. Siempre la imagino con su
cabellera rubia al aire y su gran sonrisa manejando un T20 por las pedregosas
callejuelas de Cantarrana.
Tenía
un don especial para los niños: todos sin excepción le tiraban los brazos. Fervorosa creyente en Dios, silente, sin
alardes. Recuerdo a las madres con bebés ardiendo en fiebre llegar a pedirle
que los cargara y le leyera la Oración de San Luis Beltrán. Los arropaba con
sus brazos, los calmaba con su voz consentidora
y después como en un acto de magia dejaba escapar el pedido de cura al
santo de los niños. Materialista y ateo,
me resistía a creer lo que mis ojos veían. Los niños se calmaban primero, dejaban
de llorar y después la fiebre desparecía. Conocía también miles de remedios caseros. Mezclaba hierbas y hojas de diferentes
plantas para hacer cocimientos que
curaban el catarro, los refriados, los “males” de estómago y no sé cuentas
cosas más.
Mujer
sencilla, era capaz de dar lo poquísimo que tenía. Si le reprochábamos, decía “a
ella le hace más falta que a mí.”. Tuve
la suerte de haber nacido bajo su techo, de despertarme en las mañanas con su café
aguado pero inigualable, de haber contado con su cariño y dedicación desde que abrí
los ojos al mundo. Por eso doy gracias.
Sobre
todas sus virtudes, el regalar amor fue su gran dote. Crió a sus cuatro hijos,
incluyendo a mi padre, a los hermanos huérfanos de mi abuelo, a mi hermano Víctor
y a mí. Cuando nos preguntan por qué somos los padres que somos decimos porque somos nietos de Tata. Así todos
llamaban a Ana Luisa Alfonso y Fernández, la persona más bondadosa y llena de
amor que he conocido. No hay un día de mi vida que pase sin tenerla presente y
pedirle consejo.
Nació
hace exactamente 106 años y nos dijo Adiós en 2008.