Friday, October 16, 2015

EL ACABADO

No sé por qué hoy me vino a la mente Parrado. Entrado ya los 40 años, era conocido en la oficina por su poco tacto y torpeza infantil. A principios de los 80’s, trabajamos juntos en la Empresa Recapadora de Neumáticos de La Habana, justo en Muralla esquina Aguacate. En una de las locuras del Orate en Jefe, ordenó crear las uniones de empresas para supuestamente reducir los costos y aumentar la productividad.  Al final, como es sabido, el “experimento” generó más burocracia, menos  productividad y gastos de producción por el cielo. Pero no es de eso que quiero hablar, sino de Parrado.  

Al ser nuestra empresa  la regente de todas las demás esparcidas por el país, viajaron a La Habana los representantes de cada departamento como paso previo a la reunificación.  El nuestro estaba a cargo de la organización del trabajo.  El primero que recibimos fue a nuestro homólogo Reinaldo de la ciudad de Santa Clara, capital de la otrora provincia de Las Villas. En un pequeño saloncito nos sentamos mi entrañable amigo Victor Bourg (Vitico), Parrado y yo a esperar por Reinaldo, quien llegó puntual como un inglés.   Era un hombre de una delgadez cadavérica, ojos extraviados y hundidos, piel pálida,  el pelo ralo en un desorden aparatoso, y encorvado al extremo. Para nuestro asombro, resultó ser un hombre educado con una conversación agradable y un dominio de la ingeniería industrial enciclopédica.  Cubanos al fin, al poco rato ya charlábamos y nos tuteábamos como viejos amigos.  Hasta ese momento, Parrado había sido parco y –para nuestro alivio- sin ninguna metedura de pata de las suyas. Al parecer, la advertencia hecha antes de comenzar la reunión había surtido efecto o eso creíamos.

Al final, nos incorporamos de la mesa para despedirnos de Reinaldo y agradecer su visita. Parrado lo miró, mejor, lo escudriñó de arriba abajo y le preguntó:

-          Oye, chico ¿Qué edad me dijiste que tenías?

-          Treinta y cinco – contestó Reinaldo sonriente

Ahí ardió Troya

Moviendo la cabeza en desaprobación y con cara de velorio, Parrado le disparó a boca de jarro:

- OYE, CHICO, PERO QUE ACABADO TÚ ESTÁS

Vitico y yo queríamos que nos tragara la tierra. Perplejos, nos quedamos sin palabras.  Solo atinamos  a reprochar con la vista a Parrado por semejante indiscreción.

Reinaldo regresó a Santa Clara y del  tiro se fue a trabajar a otra empresa. No supimos vas de él, a quien bautizamos desde entonces como el “acabado”.  Un par de años más adelante, el Orate en Jefe, desbarató nuestra empresa también y nos fuimos a trabajar a diferentes lugares.  Han pasado 33 años y nunca más supe de Parrado. Aunque me gusta pensar que estará aun haciendo de las suyas por allá por La Habana Vieja.


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